LA MADRE
Era fácil ser dúctil.
Y hembra joven que atrae
y que amamanta.
Era fácil seguirlo entonces,
joven él y seguro.
Esperar la palabra adecuada
que lleva a levantarse de la carne,
costilla fiel adherida por la gracia.
Era fácil ignorar el dolor
de abrir la pelvis
y mostrar al mundo
los hijos como bocas.
Fue fácil transitar por las edades
en las que aún el brillo de los ojos
atrapa al caminante y el cabello
desvela impúdico su ritmo.
Y ayudarle a morir,
ya no tan joven él y vos tan sola.
Veías pasar los días de París
como una despedida,
él te daba la mano para cruzar
el puente bajo el puente,
donde los clochards ya no regresan.
Pero ahora, miras atrás
y pides la factura, el éxito, el crédito,
las rentas, el beneficio, la destreza,
el placer, los huesos, el cuerpo,
las raíces, la casa, los juguetes.
Tus primos sonriendo
(como sólo los primos sonríen)
y las fresas goteando de sus bocas.
Y la madre y el padre,
y la casa y sus tumbas.
El lento deambular de la sangre
cuando no lo encontrabas.
La súbita subida de la sangre,
de golpe al corazón, la primavera,
los veranos ardientes, las velitas
de cumpleaños que navegan
el Ganges, mientras, desnudas
la conciencia y te preparas
para entrar en el río sagrado lentamente.
Y sólo encuentras mi hombro,
mi hombro joven a mitad de la vida.
Mi hombro que no sabe si lascivo
o mejor cubierto a la gula del hombre.
Que apenas sostiene el mundo y que no cree
en los trabajos de Hércules y sí
en la locura de Hércules,
lo perdonen los dioses.
Hombro que se rebela contra la esclavitud,
que no se bate aún en retirada.
Verónica Pedemonte
Cuando Europa era el mundo
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